Chávez fue el padre de la unidad sudamericana en el siglo XXI

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Editorial de Federico Bernal recordando a Hugo Chavez como “El Mariscal de la Segunda Independencia”

Un día como hoy, 28 de julio de 1954 nació el más grande…
“Desde Ecuador, decía Bolívar, o nos unimos de verdad o un nuevo coloniaje legaremos a la posteridad. El Banco del Sur, la Telesur, una Petrosur, la unidad energética del sur; la unión, el esfuerzo de nosotros los países suramericanos para derrotar la miseria, la pobreza, la marginalidad, el analfabetismo. Sólo unidos, pero de verdad, es que nosotros podremos ser verdaderamente independientes, verdaderamente libres” (Hugo Chávez Frías, diciembre de 2007, acto de fundación del Banco del Sur). En otras palabras, independencia en la unidad, no para guerrear contra un enemigo extranjero, sino para terminar con la pobreza, el atraso y la dependencia que nos atormentan desde hace ya más de cinco siglos. A propósito de todo esto, sería injusto y por demás incorrecto homenajear al magno bolivariano limitándonos a los extraordinarios indicadores socioeconómicos registrados por Venezuela desde 1999. Restringir el análisis de esta forma, sería quebrantar el nacionalismo latinoamericano que él forjó y ejerció  como nunca antes desde las gestas libertadoras del siglo XIX.  Nunca más oportuno pues, subordinar la economía a la cuestión nacional latinoamericana para explicar la grandeza y trascendencia del Gran Mariscal de la Segunda Independencia, para comprender su legado y profundizar su lucha revolucionaria, que es la nuestra, que es la de los excluidos y oprimidos del mundo.

La cuestión nacional de la Nación Latinoamericana
Una de las críticas más comunes al chavismo es el “fracaso económico” de la revolución bolivariana. Afirmar que el Comandante fracasó porque en catorce años no pudo diversificar el aparato productivo ni industrializar a Venezuela es de un nivel de ignorancia e infantilismo supino. Cientos de años necesitó Europa para derrotar el feudalismo. Cientos de años lleva luchando América Latina para superar un sistema social heredado de la España conquistadora, tan atrasado y dependiente como vital a la supervivencia del imperialismo. Sucede que, empujada por la invasión napoleónica, la independencia de las colonias hispanoamericanas no sólo fue prematura sino que su largada coincidió con la consolidación planetaria de la burguesía europea. El Viejo Mundo -y EE.UU. más tarde- impidió la conformación de la Nación Suramericana porque atentaba contra su sistema industrial metropolitano en auge, contra la consolidación de sus nacionalidades. Necesitaba de un mercado comprador de manufacturas y vendedor de materias primas (agrarias, alimenticias y mineras) y no más de las experiencias unionistas y proteccionistas como las propias europeas. Bastante ya con las renegadas ex colonias en América del Norte. El taller del mundo necesitaba de socios internos que suplantaran el comercio español por el comercio inglés, el sistema colonial por uno semicolonial, no por uno con ínfulas de autosuficiencia e industrialización. Las burguesías importadoras y las oligarquías terratenientes de las ciudades puertos, nacidas y consolidadas por centurias desde 1492, fueron los socios locales de Gran Bretaña en tiempos de Bolívar y del imperialismo desde finales del siglo XIX. Doscientos años después, dicha sociedad sigue imperturbable. Estos grupúsculos nativos de comerciantes y terratenientes agrícolas y mineros detestan la unidad de la América del Sur. Es más, hoy por hoy harían lo imposible por profundizar la fragmentación fronteras adentro en cada uno de los países suramericanos. Estos grupúsculos rechazaron y rechazan cualquier programa económico modernizador e industrialista. Los trastorna la idea de someterse a un centro económico y político aglutinante, abrazando un mercado interno sin fronteras desde el Caribe hasta la Antártida (por eso abominan el Mercosur, la Unasur y la CELAC). En suma, rechazaron y rechazan revolucionar las relaciones productivas, de propiedad y jurídicas erigidas y consolidadas por ellos y con auxilio extranjero para mantener impávido el estatus quo semicolonial, amparado a la vez en la apropiación (por esos mismos grupúsculos) de la riqueza y las rentas derivadas de los productos del suelo y del subsuelo.

En consecuencia, resulta imposible desarrollar, modernizar e independizar la economía, esto es, movilizar todas las fuerzas productivas en función de un proyecto democrático, socialista, nacional y popular sin vencer el estatus quo semicolonial. Y vencerlo llevará décadas, consumirá millones de revolucionarios y será lento y progresivo. Pero a no desfallecer, que Chávez ha sembrado dragones. Abelardo Ramos concluye su crítica a García Márquez con estas palabras ” el vientre de la América que lo produjo [a Bolívar] es insaciable y fértil, y seguramente engendrará muchos otros”. No habían irrumpido aún en la historia ni Chávez, ni Kirchner, ni Lula, ni Cristina. En una coincidencia más con el fundador de la Izquierda Nacional, el Gran Mariscal de la Segunda Independencia expresó poco antes de su partida: “Yo espero mucho del tiempo. Su inmenso vientre, contiene más esperanzas que sucesos pasados”. Firmeza y esperanza, que la revolución se ha tornado invencible. Firmeza y esperanza que la revolución bolivariana es consciente que “el subdesarrollo como dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida porque es ‘subdesarrollada’ sino que es ‘subdesarrollada’ porque está dividida”. Esta, la magistral frase/tesis de Abelardo Ramos en su Historia de la Nación Latinoamericana, citada por Chávez en la última cumbre de la CELAC. Seguido a ella, agregó: “El subdesarrollo es hijo de la división, y, por eso mismo, es decisivo resolver la cuestión nacional nuestroamericana en los próximos años. Hoy contamos con todas las condiciones objetivas y subjetivas para hacerlo”.

Chávez y la rigurosa necesidad del ideal bolivariano
José María Torres Caicedo, intelectual y político colombiano nacido en 1830 y dedicado al restablecimiento de la ideología y el accionar bolivarianos, escribió en 1865: “Bolívar y San Martín realizaron la unidad de la América Latina, antes de formular la teoría de la unión”. Chávez fue el padre de la unidad suramericana en el siglo XXI, y convirtió la teoría de la unión en ley y la puso en práctica, en movimiento. Removió del rostro de Bolívar su mortaja de bronce y mármol, elaborada por historiadores científicos y por una sociología foránea a uso de derechas e izquierdas. Convirtió al héroe inalcanzable e irrepetible en compañero de carne y hueso, y a su fracaso -que con tanto detalle y pasión describió García Márquez- en éxito rotundo. Lástima que Gabo no pueda ya modificar sus últimos renglones; lástima que el genial Guayasamín no pueda incorporar la efigie de Hugo Chávez Frías al mural “Homenaje a Bolívar”. Pero no importa, porque Chávez y el pueblo latinoamericano ya lo han hecho por ellos, ya le han rendido justo y merecido homenaje. Y como Chávez vendrán otros y pronto, porque semejantes libertadores son el producto de nuestra historia, de nuestra nación inconclusa, del genuino y único condimento revolucionario, popular y antiimperialista del ser latinoamericano, ahora y como nunca en plena ebullición.

Chávez no sólo libertó a Venezuela, sino que cruzó los Andes para contribuir inmensa y estratégicamente a libertar a la Argentina, al Ecuador, a Bolivia, Paraguay, Centroamérica y el Caribe. La independencia en la unidad de América del Sur dejó de ser un ideal, desvarío de un fracasado héroe “soñador” (imagen que uno se hace al leer El General en su Laberinto). Con Chávez, Bolívar fue la primera y necesaria etapa de la Nación Latinoamericana en su conformación. Con Chávez el ideal bolivariano se ha convertido en una rigurosa necesidad para los destinos de la Patria Grande.

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